El viejo refrán italiano titula este elogio de la lentitud.
A quien haya visto cualquier película de negocios, y crea que los grandes negocios se cierran en cuestión de días (o incluso de semanas) lamento informarle que se equivoca de medio a medio: los grandes negocios, los que son como los grandes cambios en las capas tectónicas de la tierra y llegan a tener consecuencias telúricas sobre las economías se demoran no meses -años- para fermentar y llegar al punto en que son anunciados a la prensa.
Es que este tipo de negocios son complejos: su entramado se extiende por varias jurisdicciones, pues son compañías transnacionales que sirven en varias industrias; lo que añade complejidad a sus operaciones. Sus consecuencias son complejas de proyectar (incluso para el más avezado de los planificadores financieros o legales) debido a los cambios de gobierno o legislativos, las fluctuaciones de divisas, las redes de cooperación internacional y los movimientos de mercados internacionales, que sobrecargan cualquier modelo financiero que se discuta en una mesa.
Así que, aunque los negocios generalmente van rápido -sobre todo los bursátiles- y es posible ver una diferencia con respecto, por ejemplo, a las leyes (para muestra un botón: la regulación de Uber y demás aplicaciones en Colombia; o la diferencia abismal que hay entre nuestra realidad de negocios y nuestras entidades gremiales que más que formalizar, ritualizan los negocios), los negocios realmente son un ejercicio de planeación muy preciso para ciertas decisiones puntuales como fusiones y adquisiciones; o entrada en mercados de frontera o emergentes; o cambios pivotales en la estrategia corporativa de cualquier empresa.
Hay demasiados recursos en juego: hay dinero e intereses, es cierto; pero también hay empleos y tiempo de personas invertido en un determinado proyecto, como para tirarlo irresponsablemente a la basura.
Así que ya lo saben, como cita el título de esta entrada, en los negocios es mejor ir lentos, pero seguros.
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