Cuál decantar ni qué ocho cuartos.
Tengo que admitir que he estado cultivando un placer morboso en los últimos días: ver cuánto suben los precios de los tiquetes a Bélgica. Bien sea desde Suramérica, Norteamérica o España.
A veces me contrarían. Los tiquetes bajan, sin duda, como una forma en que el algoritmo atrae a los últimos turistas que buscan comprar su tiquete a un precio razonable. No obstante, la tendencia general es que crezcan.
Por eso, sonrío nada más ver el mensaje con la alerta. Lo abro, y me regodeo por dentro al ver si ha subido, y cuánto. Es como una especie de Schadenfreude, que se ha acentuado desde que corregí mi idiotez (link), y se profundizó más -si cabe- desde que se me hizo la acreditación a la tarjeta de crédito. Sólo veo los números subir y sonrío, lupina.