Ya había escrito antes acerca de este libro joya y de cómo lo encontré. Ahora, lo leí, lo miré, lo disfruté y me adentré en él. En todas las dimensiones. Porque soy de las que creen que los libros, como la vida, son de momentos; cada libro tiene su momento. Y este era el momento de este libro.
Así pues, estuve leyendo y disfrutando. De las ilustraciones de sus páginas, de la calidad de su papel, de su lectura. De todo lo que significa este libro tan bello en todos los sentidos. Sentí que leía con todos los sentidos.
En algunos momentos se hizo difícil la lectura porque estaba en inglés y porque además había algunos conceptos que necesitaba comprender (hay pies de página por todo el libro, que llevan al final de cada capítulo; lo cual es útil, pero ralentiza un poco la lectura). Sin embargo, siendo católica como me defino, leerlo me proporcionó un consuelo que sólo podría llamar universal. Me sosegó la repetición de sus fórmulas, las descripciones que proporcionan, y cómo la narrativa va preparándonos para lo que sigue. Cómo nos insta a los lectores a la tranquilidad y a la ecuanimidad.
Y es que, ante la gran incertidumbre que carcome a la Humanidad sobre qué hay del otro lado, extraigo de este libro que sólo nos queda proporcionarnos consuelo, tranquilidad y apoyo los unos a los otros.