Aquí, nos sumergimos en la vida de Troya mientras alrededor de los enamorados trágicos (que mañé y que cliché suena eso, jejejejeje, pero tenía que usarlooo) comienzan a sonar los tambores de guerra, preludiando lo que será la Guerra de Troya (que, adivinaaarooon, tampoco ha comenzado).
Para comenzar, no tenía idea de que Troya (Illión, en realidad) fuera una ciudad-estado tributaria de los Hititas. No sé, como que no había caído en cuenta. Me sorprendió agradablemente encontrar referencias a Muwattali y a Seti I en este libro; lo que concuerda con los hallazgos arqueológicos y con los registros históricos. Y es el triple de bueno que Arciniegas lo retome para efectos de la historia y de situar cronológicamente la obra.
Como siempre, la autora nos regala descripciones profundas de la sociedad troyana: la política, la diplomacia, el gobierno (pues Helena ya está más cerca del trono), las relaciones con los aqueos (los griegos), la medicina, los templos, los rituales, los roles de género, las intrigas, la brujería (en este libro hay altas brujas, y no sólo es Hécuba), los rituales, los escribas, los funcionarios del palacio, el aprendizaje de idiomas, la ropa, cómo era más restringida y severa la sociedad troyana que la aquea, y un largo etcétera, que es el que da al libro su sabor y su ritmo.
Arciniegas, como siempre, delega en Helena los detalles de la narración. Y es a través de su voz que nos vamos sumergiendo en esta sociedad perdida en el tiempo. Por eso es por lo que, muy acertadamente, el libro toma su nombre de los múltiples ritos que se describen en él y por los que transita Helena; bien sea como espectadora, como asistente o como protagonista/oficiante. Un libro en el que Helena es conducida por la trama de la sociedad troyana, y que nos presenta nuevos aspectos -esta vez, del otro lado de la mesa- de la época previa a uno de los conflictos más conocidos en la historia de la Humanidad.