Encomendándome a San Antonio

Hace unas semanas, organizando la biblioteca después de las lecturas del primer semestre, caí en la cuenta de que no estaba viendo más uno de estos libros: La Armadura de la Luz. Así que comencé a hacer examen de conciencia: 

Primera serie de preguntas: ¿lo presté? En caso de haberlo hecho, ¿a quién? No recordaba la respuesta a una ni a otra pregunta. Por ahí no era. No se lo había prestado a nadie. 

Segunda pregunta: ¿dónde lo puse? Ahí, pusimos del revés la biblioteca Luz y yo. Miramos, revisamos y buscamos hasta en el último rincón. No estaba ahí tampoco. 

Tercera posibilidad: el carro. A veces me pasa que dejo algún libro en el puesto del pasajero. Me fui y revisé por debajo de los asientos, en las carteras, en la guantera y en la maleta. Nada.

Cuarta posibilidad: que lo hubiera dejado en algún otro sitio. Es decir, que lo hubiera dejado en la oficina, o en el gimnasio, en los pilates o (que Dios me ampare) en un sitio público, como un café. Aunque sí revisé el cajón y el mueble que tengo en la oficina para descartar, tenía muy claro que el libro no había pasado por el gimnasio (pues lo que suelo llevar allá va en un maletín cerrado, o en mi bolso) mi por los pilates; ni, por su peso, lo habría abandonado la casa con el motivo peregrino de leer en un café. Primero, porque es lo suficientemente grande como para hacerse notar por sí mismo. Segundo, porque, por su mismo peso, no habría sido partidaria de irme con él a leer fuera de la casa. 

Ese libro parecía estar en otra dimensión. Hasta que vi esta la recomendación de amarrar a San Antonio en las redes sociales de una amiga:

Le hice varias preguntas de confirmación, porque quería hacerlo bien y no hacer una invocación bien rara de esas que luego terminan mal y dan lugar a la trama de una película de miedo. Amarré a mi San Antonio, y volví a buscar con más ganas si podía el bendito libro. 

El amarre 💀

Y no aparecía. Busqué por más sitios de la casa. Rebusqué por la canasta de la ropa sucia y en la alacena al lado de las papeleras. Nada todavía. Miré los anuncios de objetos perdidos (y fui a la oficina física) en mi trabajo. Tampoco. Decidí confiar en el proceso y mantener a mi San Antonio amarrado…hasta que…

Las neuronas hicieron sinapsis de una forma espontánea. San Antonio encontró mi libro engavetado en un recuerdo de mi mente. Sólo que…no es mi libro. Es el libro de mi jefe. Me lo había prestado, lo había leído como un préstamo por su parte y ya se lo había devuelto. Por eso el libro no había aparecido. No podía aparecer. No estaba en “otra dimensión”; estaba en otra casa. En su casa.

Mi jefe me confirmó que no lo estaba inventando; que efectivamente se lo había devuelto, con lo que quedaba solucionada la trama del “libro desaparecido”. Con esto, sólo quedaba desatar a San Antonio, agradecerle con una oración y, por supuesto, comprar el libro para completar la colección.

This entry was published on August 14, 2024 at 9:00 am. It’s filed under Lectura, Reflexiones Lectoras and tagged . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

One thought on “Encomendándome a San Antonio

  1. Ja, ja, ja, que historia tan graciosa! Lo único que sabía de San Antonio era que las solteras le rezaban para que les consiguiera un novio.

    Nunca había oído decir que ayudara a encontrar libros perdidos.

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