A San Francisco de Asís, el Poverello, lo llamaban “el loco de Dios”. Fue un loco, porque quiso ser pobre cuando la iglesia era rica. Fue un loco, porque quiso predicar en las calles cuando la iglesia congregaba en los templos. Fue loco, porque amó y predicó a los animales, cuando la doctrina de la iglesia decía que no tenían alma, y que estaban sujetos a la voluntad humana.
Cuando Jorge Bergoglio, cardenal-arzobispo de Buenos Aires ascendió al papado, lo primero que hizo fue escoger un nombre. Y escogió Francisco, como el santo. Un nombre desconocido hasta el momento en el palmarés papal. Un nombre austero para un hombre austero que montaba en Subte, usaba los mismos zapatos negros y vivía en una casa sencilla de una villa bonaerense, en lugar del soberbio palacio arzobispal de la capital argentina. Y comenzó a predicar como mejor supo hacer: con el ejemplo.
Ahí es cuando ocurre la magia de este libro. Una obra escrita por “un escritor español, anticlerical y ateo”, como Javier Cercas, el autor, definió a su obra y a sí mismo casi hasta el agotamiento a lo largo de las 488 páginas de esta edición. Estas narran con detalle su preparación y final viaje con el Papa a Mongolia, un país con poco menos de 1,500 fieles católicos.
Un viaje que levantó algunas cejas en la Curia, y bastantes en el mundo católico. Nadie entendía qué pretendía el Papa yendo a semejante extremo del mundo; ni sabían si es que estaba apuntando a llegar a China a más largo plazo. Para quienes conocieron al Papa del fin del mundo, como mencionó el mismo Francisco al momento de salir al balcón el día de su elección, el viaje tenía todo el sentido del mundo, como plasmó el libro y como llegamos a entender los lectores.
Mientras tanto, somos testigos de un ejercicio inédito en la muy, muy larga historia de la iglesia católica: por primera vez, un escritor estaría acompañando a la comitiva papal, y podría escribir acerca del tema que quisiera, con total libertad. Un ejercicio muy propio de los tiempos de Bergoglio. Así, los lectores vamos acometiendo la preparación de este viaje papal al lado de Cercas: lo acompañamos a las entrevistas previas al viaje y, junto a él, conocemos a funcionarios de la curia (seglares y religiosos), cardenales, guardias suizos, periodistas (empleados por la Santa Sede o por diarios italianos), embajadores, Prefectos de los Dicasterios (que son los ministerios del Vaticano) y demás personajes que rodean la vida diaria de.
Conocemos también Mongolia. Un país que apenas está abriéndose al mundo tras décadas de encierro por el comunismo, y donde la libertad religiosa y el asentamiento de nuevos cultos, como el catolicismo, es algo completamente nuevo. Y allá vamos a dar los lectores, acompañando a Cercas y al Papa. Los vemos abrir puertas, hablar con personajes de todo tipo, y conocer a los otros locos de Dios y coprotagonistas de este libro: los misioneros.
No hablaré mucho de ellos, para no adelantar detalles. Pero son una de las partes más bonitas de esta obra, y una de las razones -más allá de las razones de Cercas y del Papa mismo- que dan sentido a este libro.
El final, como todo el volumen, es hermoso; humano y cercano. Totalmente inesperado también. Y eso hace que sea todavía más valiosa la experiencia tan profunda contenida en este libro. Todos somos locos de Dios.