Que gran libro. Que divertido libro. Esta es una gran recomendación que me encontré por casualidad en la librería del alto de las palmas, una vez que fui con mi novio a tomar café. Un libro por y para aquellos fashionistas que literalmente mueren por vestirse bien.
Lo vi, y me dio mucha curiosidad la premisa: ¿usar la ropa de los muertos? Pues así mismo: debido a la obsesión de algunos por la moda y sobre todo, por usar ropa de marcas importadas a un buen precio, algunos pelados de barrios pudieron acceder a lo que ellos llaman mechas* con precio de ocasión. Para ser asesinos, pero elegantes.
En una ciudad que puede o no ser la mía, en un momento que pudo o no ser su punto de inflexión, Luis Miguel Rivas cuenta la historia de los jóvenes de barrio que querían vestir de grandes marcas, siempre y cuando pudieran arreglar discretamente los efectos de la violencia sobre la ropa. Inspirados por los duros y por sus patrones -algunos de ellos dueños de equipos de fútbol como el Atlético Villalinda de la historia- con sus historias de rápido ascenso económico y social en una pequeña ciudad donde crecer significa años de mucho ahorro y sufrimiento, y decisiones bien pensadas, la promesa de riqueza fácil enganchó a muchos muchachos en espirales que terminaron en la muerte, exacerbando ese macabro ciclo de moda circular que muestra Rivas en su obra.
Es gracioso leer las expresiones populares de Medellín, y volver a entrar en contacto con las marcas que eran populares en aquel momento. Unas lo siguen siendo mientras que otras ya pasaron a la historia. Pero en el libro queda el registro de los nombres y las pronunciaciones tan peculiares con que se identificaron a esas marcas en una ciudad que apenas habla inglés: lacós (Lacoste), por poner un ejemplo de los más graciosos, es una de esas marcas de deseo de quienes solían comprar ropa pasada a mejor vida.
La nota dolorosa de la historia la ponen Lorena y el tío Humberto. El segundo, porque representa a la gente recta que ha vivido toda la vida en todos los barrios de la ciudad, y que por diferencias políticas tuvieron que salir de cualquier manera del país en esa oleada de violencia que ha arrasado con todos a su paso. La primera, por representar a las personas que no quieren acercarse a los dineros fáciles, y que terminan mal una sola vez -la única vez- que se acercan a ellos.
Así pues, este libro es divertido, y es amigable de leer por su narrativa urbana, y su sencillez en la historia. Pero contiene también una denuncia social velada sobre el absurdo de la situación que debe vivir la gente de Villalinda, dividida entre quienes apoyan a los duros y su guerra, y quienes prefieren estar del otro lado. Una denuncia que se entreteje entre marcas mal dichas y una banda sonora propia, compuesta por canciones como El Preso, las del Gran Combo de Puerto Rico, y varias otras que me dejaron tarareando por varios días.
No se pierdan este libro amable e inteligente.
*Mechas: mudas de ropa, en dialecto parlache o dialecto popular de Medellín