Este día lo dedicamos a la playa. Así que, después de dejar nuestras maletas en manos de la recepción del hotel, nos fuimos por el Boulevard de Donostia y nos sentamos en el mismo café -estaba muy bueno, un fijazo- a desayunar, como ayer.
Terminamos, y nos fuimos a caminar por la Playa de la Contxa. Es una playa enorme, y debe su nombre a que se hace la forma de una concha cuando el mar llega a la orilla. Nos fuimos caminando por toda la playa, aprovechando que el día tuvo mejor clima que ayer; aunque no bajamos directamente a la arena. Caminamos, más bien, por la histórica balaustrada que ya tiene más de un siglo y es parte de la imagen de la ciudad.
Hicimos una parada estratégica en el histórico Café de la Concha, y seguimos caminando. Queríamos tomar el bus turístico para llegar hasta el Monte Igüeldo, pero terminamos caminando casi todo el camino hasta llegar a la base del cerro.
Caminamos, y pasamos por la playa de Ondarreta. Más familiar, más tranqui, más local. Tal vez porque es un vecindario muy familiar, donde todavía se ven casas y adolescentes andando por la calle camino a sus clases de tenis o de natación. Es un vecindario que le gustó bastante a mi papá.
Uno de los vecinos de este barrio es el Palacio Miramar. Construido para que la reina María Cristina pudiera pasar los veranos más cómodamente en la ciudad. Si bien no es posible visitar el palacio -porque es un centro de convenciones- sí se pueden ver los jardines, que conocimos antes de seguir hacia el Monte Igüeldo.
Caminamos todavía un poco más para ver el Peine del Viento, la escultura que se funde con el mar. Y sí, tuvimos uno de esos momentos en los que el papá nos pregunta, entre divertido y sorprendido, “si es que eso es arte”. Ay Dios; sí, es arte de la elegante.
Finalmente, llegamos hasta la base del monte -sin señales del bus-, hicimos la fila para subir y llegamos a la cima en funicular. Casi nos mareamos por el olor de varias personas con las que compartimos la cabina, y a las que les corrimos cuadras una vez llegamos a la cima. No fuimos tanto por las atracciones -muy de tipo familiar- sino por la vista que da de la ciudad y de la bahía, que es preciosa. Bajamos del monte -huyendo de nuestros antiguos compañeros de subida- con la idea de tomar el bus turístico, pero…no pasaba. No pasaba, y no pasaba. Rato pasó, hasta que finalmente estuvimos de acuerdo en subir al siguiente bus urbanos que llegara, y que nos dejaría en el boulevard de Donostia, cerca al hotel para recoger las maletas y llegar a la terminal de bus. Nuestro viaje a Bilbao sería ese mismo día a las 5.00 p.m.
Llegamos a la terminal (justo al frente de la estación de tren, pero bajo tierra por aquello de la eficiencia) a tiempo, pero…no salía el bus, no salía el bus, y nada…
Y no era sólo el nuestro. Todos los buses parecían represados y la gente no estaba pudiendo salir. Me fui a la fila de ALSA a averiguar qué sucedía, cuando me enteran de un accidente que obligó a cerrar la autopista por la que venían los buses. Un camión se había incendiado, y había obligado a la evacuación de conductores y pasajeros. Los desvíos estaban tomando horas y tendríamos que tener paciencia y esperar. Ni modo. A sentarse y a tomar café.
Finalmente, los buses fueron llegando. Con más de 1.5 horas de retraso, pudimos salir, aunque tuvimos que ver lo que quedaba del camión incendiado en la carretera. Impresionante.
Menos mal que Bilbao es una ciudad que queda cerca, y fue sólo una hora de camino para poder llegar a descansar.