Ya estamos más descansados después de lo de ayer. Nuestra llegad al hotel también fue un poco accidentada, ya que los taxis se demoraron en llegar a la estación de Bilbao pues había no-sé-qué problema con algunas manifestaciones en un sector de la ciudad, y se estaban demorando en llegar. No obstante, las personas son muy solidarias y entre todos terminaron llamando al radio taxi para pedir más servicios porque había gente que los necesitaba.
Llegamos al hotel -que estaba muy cerca, pero no queríamos caminar de noche- y nos llevamos la sorpresa del siglo: una cama enorme en una habitación tan pequeña que el closet y el baño estaban como deconstruidos. Hasta yo, que estoy familiarizada con la marca -Ibis- me sorprendí, y no de manera agradable. Salva la patria que la cama y la ducha son muy superiores. Pude decir lo mismo del desayuno esta mañana.
En fin. La cosa es que tuvimos que correr un poco porque -mal de mis culpas aquí- no había leído que había obras en las estaciones de cercanías y que los trenes estaban ralentizados. Así que acepté la sugerencia de mi papá de tomar un Uber para poder llegar a tiempo para tomar el paseo de la Ría, que sería nuestro abrebocas para conocer esta ciudad.
Y qué bonito abrebocas fue este. Muy recomendado para quienes quieran conocer así la ciudad y sus alrededores. El tour que tomamos incluye audio guía, así que uno puede ir escuchando mientras el barco va llegando hasta la Bahía del Abra y se devuelve. Bilbao, siendo una ciudad industrial, aprovechó su ría -navegable, por supuesto- e implementó economías de aglomeración: cada fábrica estaba a la orilla de la Ría y tenía un punto de embarque, para que la materia prima llegara y se dejara en punto. Al quedar listo el producto final, se dejaba en el embarcadero para que saliera al mundo. Era todo, literalmente, punto a punto con los bilbaínos, lo que los convirtió en unas máquinas industriales y navieras de gran calado.
Llegamos a la Bahía del Abra, que es un gran puerto deportivo; pero no nos metemos al Cantábrico. Nos devolvemos dentro del mismo puerto, y volvemos a pasar por la Ría, hasta llegar al punto de origen.
Una vez en Bilbao, quedamos muy cerca del Guggenheim – que mi papá insiste en llamar en Oppenheimer. Este lo visitaremos más tarde porque, ¿cómo estar en Bilbao, y no conocer el Guggenheim?
Pero como esto sucedería más o menos en unas dos horas y media, decidimos mejor ir a almorzar, y recorrer un poco del centro histórico. Así que cruzamos el puente de Zubizuri, diseñado por Calatrava, y entramos a la terraza del restaurante del mismo nombre, donde nos tomamos dos cañas y varias tapas.
Nos fuimos a caminar – ¡que cerca queda todo esto! – y el clima hermoso que estaba haciendo me permitió tomar unas fotos espectaculares de la Ría. Caminamos hasta entrar a la Catedral, que es gótica; pero no más antigua que la otra iglesia importante de la ciudad (para la que compramos la boleta conjunta): la iglesia de San Antón.
Nos devolvimos al Guggenheim, y entramos al museo. El edificio es precioso por fuera y espectacular por dentro. Toda una delicia para los ojos y con espacios como atrios, accesos y terrazas que lo conectan con el exterior y lo integran con la ciudad. El contenido del museo, bueno…eso ya es para cada gusto. A mí me gustaron unas exposiciones, otras un poco menos; y al Papá si que menos que menos. ¡Pero es que cómo venir a Bilbao y no venir al Guggenheim!
Terminamos la visita del Museo, y nos fuimos caminando todo lo que pudimos por la Ría, hasta el espectacular Edificio Central de la Universidad de Deusto antes de tomar unas tapas y devolvernos al hotel.