Hoy fue uno de esos días increíbles, que uno jamás piensa que se va a encontrar cuando viaja.
Llegamos a Córdoba después de un viaje breve en tren desde Sevilla. Gracias a que habíamos coordinado previamente con la dueña del apartamento, pudimos dejar nuestras cosas en el apartamento -localizado en plena Medina, en un edificio que se nos hizo como la Vecindad del Chavo del 8 – antes de salir a caminar y conocer.
Desgraciadamente, no nos dieron muchas indicaciones en cuando a cuál apartamento era el que debíamos entrar, entonces a Jorge y a mí se nos ocurrió ir probando llaves en las cerraduras -cual apartamenteros- y entrar finalmente en que la llave concordara. Así lo hicimos, y pudimos acomodar nuestras cosas para salir a conocer este monumento de ciudad.
Como la Catedral todavía no estaba disponible por varias ceremonias, decidimos caminar hasta bien abajo, para llegar al Puente Romano, que cruza el Guadalquivir y termina en la Torre de la Calahorra. Después subimos y comenzamos a seguir la ruta de entradas (aquí el link) por los famosos patios cordobeses, que son Patrimonio Inmaterial de la Humanidad desde 2012 y que habíamos conseguido previamente.
Como siempre, Pipe quedó encargado de la navegación mientras íbamos caminando y buscando los patios, que estaban relativamente cerca unos de los otros. Estos, en sí mismos, son bonitos. Pero al final, tiende a verse parecido para un ojo no entrenado. Por lo tanto, la ruta (más cualquier patio o dos que uno encuentre de aporte voluntario) fue más que suficiente para nosotros.
Caminando y buscando los patios, encontramos los Reales Establos de Córdoba. Para mi supina ignorancia (porque no me apareció en el momento de preparar el viaje), Córdoba es la cuna del caballo andaluz. Como tal, tiene todo un despliegue alrededor del caballo: exposiciones, premios, shows nocturnos…y justo cuando pasábamos por ahí, había una en desarrollo, así que, conociendo el amor del Papá por los caballos, entramos para verla, por sugerencia de Pipe y Jorge.
Nos pusimos a ver la exposición y a opinar sobre los caballos mientras los iban premiando, y yo forcejeaba con el registro del próximo alojamiento. Al final, me di por vencida -lo hago en el hotel- y mejor disfruté del tiempo en familia, y de ver la cara de niño en Disney del Papá. ¿Piedras milenarias con caballos y reyes españoles? Esto no estaba en su bingo del viaje. Para rematar, Pipe y Jorge invitaron a show de caballos y flamenco esta noche, que seguro va a estar buenísimo.
A mí me encanta cuando no soy sólo yo la que arma el paseo. Es rico cuando todos sugerimos planes o nos los encontramos, o queremos ver o hacer algo; y así no se ve todo como que “los llevo” como dice mi apodo familiar.
Almorzamos cerca, y quedamos listos para ir a conocer la Catedral. Por precaución, había pensado originalmente la visita para mañana; pero la verdad, las cosas se dieron tan fácilmente, que mejor disfrutarla hoy, ¿no?
Por fin, iba a poder ver los arcos sin fin en la Sala Hipóstila de la Catedral-Mezquita de Córdoba. Esta es la única catedral de planta cuadrada -planta de las mezquitas-, ya que el edificio original fue respetado en su totalidad durante la Reconquista debido a sus proporciones, cambiando simplemente su orientación religiosa y añadiendo los relacionados con el catolicismo.
Pipe hizo una observación muy aguda, al hacer ver que, a través de los juegos de luces de la iglesia, el catolicismo validaba su doctrina; ya que la única zona que estaba iluminada era la correspondiente al altar y la cúpula católicas. “El resto, la planta musulmana, la dejaron a oscuras o con luz muy limitada. Linda forma de decir que sólo ellos son la luz” dijo.
Y qué gran idea resultó ser ver la Catedral-Mezquita hoy. Es el Día Internacional de las Cofradías. Es decir, la Catedral-Mezquita -que normalmente es espectacular en sí misma- estaba llena de todos los pasos de procesión que hacen famosa a la ciudad en la Semana Santa. Había 37 pasos de procesión adentro (todos los de la ciudad); mismos que debían ser llevados -con idéntica pompa y circunstancia de la Semana Santa- a sus respectivas parroquias al terminar la tarde. Háblenme de una Semana Santa cordobesa en miniatura y con todo pasando al mismo tiempo (los pasos salían de dos de las puertas de la Catedral, de forma intercalada), sólo para quienes estábamos allá.
Tapeamos, y salimos con tiempo al show de caballos. Estuvo precioso. La unión entre jinete y caballo; la forma en que interactúan con la bailaora en los números en los que aparecía; la nobleza del animal y la capacidad de dominio y maestría de los jinetes me pareció increíble y son muy difíciles de describir, porque hay que verlos y admirarlos. Sin contar con el espectáculo visual que son también los trajes que usan los jinetes, que son típicos andaluces. Fueron de admirar los pases, las figuras y la sincronización. A veces temí un poco por los caballos, pues hubo ejercicios muy duros; pero si fueron dos no fueron tres. Es un espectáculo increíble y muy vistoso.
Salimos a cenar, y de ahí a nuestro alojamiento, sintiendo que hoy fue uno de esos días especiales en que se cumplen sueños. Por un lado, pude ver los arcos sin fin de la Sala Hipóstila de la Catedral-Mezquita de Córdoba. De otro lado, pude ver -en miniatura- la grandeza estremecedora de una Semana Santa cordobesa, pensaba, mientras a lo largo de las murallas del Patio de los Naranjos, sonaba una guitarra andaluza en la noche.