Otro libro de los que hacen que uno se pregunte “¿qué hptas leí?”; pero esta vez, desde una indignación velada. Creo -porque aquí ya entro al reino de la especulación- que eso era justo lo que la magistral Han Kang pretendía con esta denuncia lúcida de la masacre ocurrida en Gwangju, ciudad de la infancia de la autora. Con mayor razón sentirse así.
La masacre dejó al país en shock. Pero fue un shock que no pudo ser procesado, por la represión militar que vivieron. Por eso, Han Kang insinúa el horror a través de siete historias que al final permite al lector unir, como levantando los restos de algún objeto roto a pedazos, como el pueblo coreano resistió, conoció el horror y luego sobrevivió a la masacre. Así, por partes.
Cada historia es uno o varios aspectos respecto a la masacre. La activista, el adolescente buscando a su amigo desaparecido en una sala que está llena de cadáveres. Un editor censurado, su asistente y una obra de teatro. Una madre, que visita la tumba de su hijo. Todos ellos, sobrevivientes, todos ellos víctimas de la masacre. A través de cada uno, conocemos uno de los ángulos de la masacre, y cómo los afectó.
Han Kang no necesita ser morbosa. Tampoco gritar a los cuatro vientos. Ella simplemente usa las palabras y cuenta la historia. Deja que cale en cada uno de nosotros, y que la indignación llegue cuando tenga que llegar.