Si alguna vez le ha dado una sed de aquellas, usted sabe de qué trata el título de este libro. Trata del bebedizo favorito de estos lugares; pero no de uno cualquiera. Uno que, además, está embebido de los poderes de un bejuco que aumenta la realidad. Da fuerza, hace ver visiones y, a aquellos más débiles, los encadena a la botella.
Al menos, eso es lo que pensaban Jeremías y Lidia, los protagonistas de esta novela corta situada en un lugar que podría o no ser Antioquia. O que, al menos, así me lo pareció. Lleno de oro, como puede o no estarlo Antioquia. Devoto casi hasta el punto del paganismo, como puede serlo Antioquia. Con un relieve que convierte cualquier paseo en una aventura, como es Antioquia. Pero que -de nuevo- no es Antioquia.
Tal vez concluí esto, porque el libro es profundamente descriptivo. La prosa de Andrea Mejía (pueden leer excelentes entrevistas con ella aquí https://cambiocolombia.com/cultura/verdaderos-sabios-siquiera-saben-lo-son-andrea-mejia y aquí https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/andrea-mejia-en-entrevista-por-su-libro-la-sed-se-va-con-el-rio-noticias-hoy/), su autora, me llevó a pensar en esta canción de Perales:
Canción pueblo viejo, de Perales
En particular, en este verso:
El sacristán ha visto
Hacerse viejo al cura
El cura ha visto al cabo
Y el cabo al sacristan.
Y el pueblo, después
Vio morir a los tres…
En fin, como que me transmitió una atmósfera de olvido y como de abandono -social, estatal, de todos los tipos- que permite entender lo que sienten los habitantes de las orillas del Nauyaca. Y que no es algo nuevo en la inmensidad de este país.
El libro me recordó que en pueblos pequeños el infierno es grande. El anonimato no existe, y son las pasiones humanas las que dictan el ritmo del tiempo; sobre todo en nuestro trópico carente de estaciones. Así, las pasiones, los malentendidos y las venganzas quedan a la orden del día, pero se sirven frías al pie de una virgen enorme que domina el valle y a la que llevan regalos.
Esta novela es lenta. Va con los tiempos del río y de la selva. Y así como estos permanecen pero nunca son los mismos, así mismo pasa con las personas del pueblo. Por eso es que el tiempo se siente diferente en algunas partes -hasta que se descubre que es circular. De ahí la importancia de esa mirada externa que se da en la tercera parte, que puede verse casi un Mary Sue pero que nos sirve a los lectores un poco como una puesta en contexto de todo aquello que acabamos de vivir con el libro.
Este libro es un homenaje a lo rural. Un homenaje a nuestros mayores; a esa sociedad de la que venimos todos. También es un homenaje a la comunidad con la naturaleza: con las plantas, con la selva y con el territorio del que venimos. Por eso esta novela, con sus palabras, es como un canto a ese lugar y a su gente, como un canto al origen.