Los abismos

Este libro resultó ser incómodo -hasta cierto punto- para mí. Nunca pensé que una escritora iba a usar 240 páginas para reflejar circunstancias más bien análogas a las mías y las de mi familia durante mi infancia con una prosa sencilla y rítmica, que le valió el Premio Alfaguara en 2021

Quintana -una de mis escritoras favoritas- abarca las dinámicas familiares tan complejas de la relación entre una madre perteneciente a esa generación que quería un destino diferente, pero que no se pudo rebelar frente a las expectativas sociales; y las personas que componen un mundo que no quiere pero que está obligada a habitar: su marido, su cuñada y sus hijos. 

El libro habla de la depresión sin nombrarla (eso no se nombra, bien a la antigua), y explora la insatisfacción femenina frente a la compresión en el rol del hogar. Un rol que -a pesar del fenómeno de las tradwives en redes sociales y del ruido que puedan hacer- a la larga es un rol que encierra, que consume y que limita a la mitad de la población a un rol de cuidado.

Este encierro, según datos del estudio de medición de tiempos del DANE, equivaldría al 22% del PIB colombiano, citada por La República. Y, siendo Colombia una muy pequeña parte del mundo en términos económicos, no me quiero imaginar lo que esa revelación haría por el PIB del planeta. Sólo midiendo es que nos damos cuenta de lo que dejamos de ganar y dejamos en la mesa. 

Esto es, a la larga, de lo que trata este libro: de lo que perdemos y lo que ganamos. De lo que aceptamos vivir -representado por el papá- frente a las ilusiones de la vida -que es otro personaje que tiene un barco-, lo que en economía se llama un intercambio o “trade-off” en inglés. Pero también, de lo que es vivir con las consecuencias de ese intercambio y de esas decisiones que tomamos todos los días: el aceptar estar en una realidad que tal vez no habríamos querido para nosotros, en primer lugar. Enfrentar las consecuencias de tus actos. Y de cómo hay momentos en la vida en que el delicado equilibrio de las cosas trastabilla hasta que…se rompe. Y no hay marcha atrás, porque se perdió la inocencia. 

Por eso, nadie mejor que un niño -un ser anclado en el presente- para representar esa toma de conciencia. Para entender cómo hiere tener que vivir con las consecuencias de esas decisiones, y con una proyección al futuro más que dudosa.

This entry was published on March 9, 2026 at 9:00 am. It’s filed under Lectura and tagged , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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