Por fin terminé esta novela corta, donde Pablo Montoya da voz y vida a Marco Aurelio, el emperador estoico por excelencia y autor de las Meditaciones, el libro estoico por excelencia.
La novela está muy bien construida en términos históricos y argumentativos. Retrata las peleas de poder en Roma, a los grandes generales de su tiempo; el gobierno; la figura de coemperadores; e incluso deja espacio para hablar del matrimonio y de cómo funcionaba la política de alianzas matrimoniales entre las familias patricias de la época de Marco Aurelio.
La novela también describe las grandes campañas militares de Marco Aurelio: la de la Partia (tanto la guerra como la Campaña parta), y las del Danubio; así como las negociaciones con los diferentes pueblos bárbaros al otro lado de las fronteras. Aún más, la novela se toma el tiempo para destacar el intento de golpe de estado perpetrado por Cayo Avidio Casio y que fue sofocado por los partidarios del emperador.
Sin embargo, no conecté con este libro. Me parecía ver todo muy limpio, para ser un César (así haya sido uno de los Cinco Buenos Emperadores). Como que la voz que le había dado Montoya lo hacía justificarse demasiado ante el lector y pintaba una escena demasiado idealizada de la vida romana y de algunas instituciones romanas, como la esclavitud y el concubinato.
Si es un César, tuvo que tomar decisiones difíciles, y tuvo que mandar gente a morir, mal que le pesara. Parte del entrenamiento para ser César consiste en tomar esas decisiones comprendiendo las consecuencias (o sea, sin ligereza) pero sin que la culpa retuerza la mente. Llámenme maquiavélica, pero es que así es como funcionan las cosas para que las instituciones permanezcan; porque si nos ahogamos en culpas, entonces las instituciones no van a sobrevivir, y mejor nos quedamos en casa.
Sí me gustaron mucho de este libro las conversaciones filosóficas y cómo el César -a pesar de su cargo y de sus prebendas- escoge libremente mantener su austeridad y sus decisiones de seguir con su filosofía de vida. Es algo que podríamos aprender de alguna manera todos, pues tendemos a pensar que, cuanto mayor importancia alcanzamos o más poder se alcanza a conseguir, hay que mantener ciertos gastos o ciertas actitudes, como si estuviéramos en exhibición para otros cuando, en realidad, los únicos que nos vemos -en nuestra grandeza y nuestra ridiculez- somos nosotros mismos.