Nuremberg

Si hubo alguna vez en que la Humanidad miró el mal a la cara, fue durante la Segunda Guerra Mundial. Llevadas por el odio, sociedades enteras pervirtieron el invento de la línea de montaje y la usaron para masificar la muerte y la destrucción en tres continentes.

La guerra duró cinco años. Murieron millones de personas, desaparecieron a otros tantos, y las economías nacionales de los países involucrados en el conflicto desde sus inicios llegaron casi a la subsistencia al momento de la posguerra. 

Ese fue el momento de plantar cara. De darle un campo a los nuevos horrores cometidos dentro de los ya existentes (“tipificar”, dicen los abogados) y, ante todo, de comprender qué fue lo que pasó. ¿Qué llevó a gente ilustrada a caer en la seducción de una ideología de odio? Es aquí donde comienza el argumento de Nuremberg.

Con el deseo de poner un punto final simbólico al conflicto y, ante todo, de permitir a la Humanidad poder comenzar a sanar sus heridas de guerra a partir del ajusticiamiento del alto mando nazi. Para esto, fue necesario introducir conceptos nuevos para el ordenamiento jurídico como los derechos humanos y el genocidio. 

Sobre todo, fue necesario saber si el nazismo había partido de un peligroso delirio colectivo guiado por una partida de locos; o si había sido una ideología materializada por actos administrativos de funcionarios, los cuales debían asumir su completa responsabilidad política, bélica y humanitaria por los mismos. Ahí es donde entra en escena Douglas Kelley, el protagonista. Él es un psiquiatra encargado de determinar si el alto mando pertenecía a la primera o a la segunda categoría. En particular, el mismísimo Hermann Göring, encarnado por Russell Crowe.

El argumento de la película nos lleva por el delicado equilibrio de fuerzas políticas y bélicas que fue llevar a cabo el juicio, mientras nos da una perspectiva privilegiada de la relación médico-paciente con individuos como el alto mando nazi. Valga decir que sale uno de la proyección comprendiendo mucho mejor las conclusiones acerca de la banalidad del mal proyectadas por Hannah Arendt a partir del inolvidable juicio a Adolf Eichman en Jerusalén. 

Recomendada sin lugar a dudas.

This entry was published on April 8, 2026 at 9:00 am. It’s filed under Películas and tagged . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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