Un libro que fue un regalo de mi novio (ya habíamos visto la película), y que metí en la lista de lectura. El Tío Steve nos lleva a un valle escondido en las montañas de Colorado, en una historia que resulta ser también un viaje de terror psicológico al fondo de las obsesiones y de la locura humanas.
Porque, en su descripción del Americanah, King pasa también por aquellos personajes que viven al borde de la sociedad en esos Estados Unidos profundos. Personajes que nos pueden parecer inquietantes por varios motivos. Nos pueden parecer grotescos físicamente. O tal vez lerdos mentalmente. O permiten intuir algunos rasgos que no encajan con el tipo de vida de la ciudad o de la globalización. Y que, por lo tanto, al no adaptarse ni encajar, quedan como suspendidos en el tiempo.
Annie Wilkes (antagonista de nuestra historia) es uno de esos personajes. Pero, además de no encajar, tiene una mente retorcida. Por lo que su duelo con el protagonista -Paul Sheldon un escritor; neoyorquino, intelectual, decadente y cosmopolita- lo viví como algo más que un duelo de mentes: como un duelo entre esos dos modos de vida, que se desprecian mutuamente. Los urbanitas a los rurales, por la falta de sofisticación de los segundos. Y viceversa, por la falta de principios y la vulgaridad de los primeros. En el caso de ambos, parten desde los prejuicios y las percepciones.
King se refugia en el clima -un invierno con tormentas- y en las limitaciones de movimiento de Paul (su recuperación y su encierro) para escribir una novela que puede llegar a ser claustrofóbica. Donde cada uno de los personajes parece estar encerrado en su mente, y con la llave fuera de alcance: Wilkes, obsesionada; Paul, golpeado y traumatizado. Una pareja improbable que se trenza en un duelo donde las nebulosas narcóticas que sufre el uno igualan a la mente embrutecida y sociópata de la otra; pero donde sufrimos todos por igual.
King recuenta las presiones psicológicas, el sufrimiento físico, los pequeños triunfos y las inmensas derrotas con dolorosa precisión. Casi, como si los hubiera sufrido él mismo. Por eso, el libro transfiere al lector casi de manera física la sensación de estar encerrado en esa pequeña habitación de Colorado. Tanto, que la primera cosa que hice al terminar de leer este libro fue tomar una gran bocanada de aire.