El Conde de Montecristo

He regresado a este clasicazo del gran Dumas. Uno de los libros más grandes que he leído, por lo profundo de sus temas, y porque siempre, al final, me deja pensando: ¿cómo reaccionaría yo si una injusticia semejante me ocurriera o le ocurriera a alguien de mi familia, y yo pudiera acceder a los medios del Conde para equilibrar las cargas (la respuesta es fácil: John Wick come cheetos a mi lado, pero la reflexión de Dumas siempre es mejor)?

Puede que las 1296 páginas de esta edición que me regalé en un brote de excentricidad suenen abrumadoras al principio. Sin embargo, este libro es una tarea que se acomete de a pocos. Con tenacidad. Con calma. La misma prosa y las descripciones de Dumas (tan detalladas) ameritan disfrutarse este libro como si fuera una copa de vino, y no como un shot, para absorber la mayor cantidad de detalles posible; ya que, como dice el meme, “esto nos servirá para más adelante”. Y síganme para más cizaña, que cizaña es lo que se viene.

La relectura me sirvió para revivir detalles que, en su momento, escaparon a mi comprensión de adolescente. Como adulto, me escandalizan y me dejan horrorizada. Por ejemplo, sabemos que la detención de Dantès fue injusta, pero fue agravada por no haber sido registrada debido a la actividad bonapartista del padre de Villefort, a quien el Procurador no quería involucrar. Es decir, Edmond Dantès, como preso, no existió en los registros de la prisión del Castillo de If gracias a un pequeño prevaricato de Villefort. Prevaricato que fomentó para desaparecer un testimonio que ponía en entredicho la lealtad de su padre a la restaurada Corona francesa…y que podía ponerle un freno a su propia carrera, que empezaba con el libro. Eso, en nuestros días, haría que Dantès fuera acreedor a una reparación de parte de Francia bastante gruesa. Y no hablemos de proceso, porque proceso no hubo. Es decir, como decimos en estas tierras “no hubo garantías del debido proceso para el preso”.

Otro detalle -no tan menor- fue la envidia. Casi desde la primera página, actuó como un catalizador de las desgracias de Dantes. Me sirvió para recordar una de las frases más importantes que he leído acerca de la envidia: “El envidioso no sólo quiere lo que tú tienes. Además, quiere que tú no lo tengas”. Y esa frase me sirvió mucho esta vez para darle una nueva profundidad a la trama, poder darle algo de profundidad a los antagonistas, comprender dinámicas internas de personajes como Danglars…y de más de un alma atormentada que todos hemos conocido en la vida.

Otro temazo de esta obra es la ambición. Pero Dumas demuestra de nuevo, con maestría, que hay sentimientos que son como el fuego: lo puedes usar para hacer un asado para los que quieres; o lo puedes usar para incendiar. La ambición es uno de esos sentimientos. Para esto, Dumas encara a Dantes y a Villefort como ejemplos de una ambición disciplinada y de una desatada. Ambos son jóvenes, ambos son brillantes. Ambos son ambiciosos. La diferencia estriba en que Dantes no hace daño a los demás para servir a sus ambiciones. Por el contrario, Dantes confía en sus capacidades para hacer frente a la adversidad y para poder seguir ascendiendo en su carrera naval. El Procurador del Rey sí hace daño a los demás para mantener sus ambiciones, y bien desde el principio de la trama. 

Al ritmo que Dumas sabe imprimirle a una novela de aventuras, se van sucediendo los acontecimientos. Siempre bajo la atenta mirada del Conde; siempre dentro de sus planes. Hasta los acontecimientos más nimios y, a primera vista, más disímiles, son utilizados por el Conde para servir a su propósito final: la venganza. 

Montecristo siempre está rumiando; siempre está maquinando la forma de llevar a cabo sus planes hasta las últimas consecuencias. Montecristo siempre está hilando fino, tomando nota y maquinando a todo vapor, pero con toda la delicadeza posible. Montecristo va tres jugadas adelante y, si algo sale mal -que no sucede- de todos modos, tiene cómo devolverse y cómo resolver el problema en esta partida de ajedrez tridimensional y en varios frentes en la que está metido. Porque, si algo queda claro desde el principio, es que Montecristo es un hombre inteligente.

Cuando termina el frenesí de venganza, Dumas retrata el perdón. Lo retrata en la decisión del Conde de comenzar de nuevo, esta vez al lado de Haydée. Un personaje que ha sufrido tal vez tanto como el mismo Montecristo, y que encima ha sido manipulada por él en cierta medida. Pero que, a diferencia de éste, ha trascendido el simple anhelo de venganza, y simplemente espera que el alma de éste sane para poder comenzar la segunda parte de su vida juntos.

Este libro tiene de todo. De todo y para todos. Hay aventuras, hay acción, hay romance, hay intrigas, hay especulaciones en la bolsa y juegos donde hay millones -muchos millones- pendiendo de un hilo. Y hay venganza. Mucha venganza. Aunque sus páginas pueden verse abrumadoras, son un libro para ir tomándolo de a pocos, con calma…como -dicen por ahí- se debe tomar una buena venganza.

This entry was published on September 9, 2024 at 9:00 am. It’s filed under Lectura and tagged , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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