“Yo no soy capaz de leer eso” me dijo mi novio, cuando seleccioné el libro del estante. “Yo sí” repuse. “La literatura está para entretenernos o iluminarnos; pero también para retarnos, y recordarnos que la esencia del ser humano también se compone de esto, para que no repitamos nuestra historia” le dije. Y el libro nos acompañó a casa.
La reticencia de mi novio proviene del tema de este libro. Este libro habla de uno de los episodios más difíciles de la historia nacional reciente (ya de por sí difícil). La Masacre del Salado. Esta masacre, junto con las del Aro-La Granja y Bojayá (aunque esta última suele situarla el imaginario colectivo como una toma guerrillera) fue uno de esos momentos que dieron color al mundo acerca del panorama de la violencia en Colombia en su época más oscura, ese momento conocido como “El Desmadre” por la propia Comisión de la Verdad.
Fue un libro corto. Lo leí, sobrecogida, casi que en una sola noche. A la manera de una novela coral, Daniel Ángel va dando voz a multiplicidad de voces, que componen uno de los paneles de este políptico de la infamia que es la violencia en Colombia. Campesinos, profesores, líderes comunitarios, paramilitares, ganaderos, narcotraficantes, y hasta brujos. Cada una de esas voces, añadiendo una arista y una capa más de complejidad a este relato, que por momentos -y ciertamente en los peores momentos de la intervención paramilitar en el pueblo- parecía más sacado de la imaginación de Tarantino. Excepto por el hecho de que esta vez fue verdad.