Por pura casualidad, estuve leyendo este libro mientras se conmemoraba el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, (ver nota del Centro Nacional de Memoria Histórica en este enlace de aquí) el pasado 30 de agosto. Esto hizo que el contenido pegara más fuerte. Como el doble de fuerte, podría ser.
Las letras de Gilmer Mesa ya me habían emocionado con grandes novelas como Las Travesías, el realismo mágico urbano de Aranjuez o la dureza de LaCuadra. Ahora, llega a estremecer con una historia dolorosamente común en este país tan golpeada por la desaparición forzada. Por las historias de aquellos que un día se van y no vuelven, con lo que empieza una eterna búsqueda que muy pocas veces termina.
Todos hemos oído (o repetido) por lo menos una historia de desaparecidos cuando crecemos, si tenemos buena suerte. Si no la tenemos, estamos en el elenco de la historia y, por lo tanto, somos los que la contamos. Pero todos hemos estado ahí porque somos, como dice Mesa, “un país de buscones”. Una realidad que golpea y que puede llegar a enloquecer y a endurecer, como demuestra la evolución de varios personajes en la novela, sin distinción del género.
Más aún, se podría decir que somos “una región de buscones”, ya que la desaparición forzada -que fue convertida en política por los nazis en su Decreto “Noche y Niebla” – que fue ampliamente utilizada por las dictaduras de América Latina, y recordada con terror debido a estrategias como la Operación Cóndor y el surgimiento de organizaciones como las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina, o como redes de alcance regional en la materia.
Gilmer Mesa mezcla nuestros cuentos de espantos tradicionales en esta historia. Gracias a
doña Luz, la madre del protagonista -y quien funge como vehículo de la memoria- toman forma
las historias modernas y urbanas del Cura Sin Cabeza, el Duende, la Patasola, la Mechuda o la Silbona -en una adaptación de la historia original- como personajes del barrio Aranjuez. Muy especialmente, el libro alude al mito de la Llorona, encarnación ya no de la madre irresponsable, sino de las miles de madres de desaparecidos
que habitan este país y Latinoamérica, buscando los cuerpos de sus hijos para darles una sepultura digna.
Gilmer Mesa lo escribe con rabia, como el mismo dice. De ahí que este nuevo libro sea algo más que una denuncia: sea un clamor en contra de todo el sistema de indolencia que inventamos como sociedad para hacernos los de la vista gorda con la tragedia sistematizada en la que hemos vivido. Como los cobardes, le quitamos el nombre a la tragedia para ponérselo al espanto.