13 de octubre, Madrid
Hoy fue otro de esos días que tuvimos que comenzar corriendo. Con decirles que casi no encontramos asiento en el tren de lo lleno que estaba. Pero lo logramos, y llegamos finalmente a Toledo, una de las ciudades que hay que conocer en España sí o sí.
Toletum, Tulaytula; pero siempre Toledo. Romana, Visigoda, Árabe, Judía y Cristiana. Toledo tiene un poco de todo y hay para todos los gustos, por lo que teníamos muchas expectativas acerca de esta visita. No obstante, temo que lo que no parecíamos tener era equipo de alpinismo.
Esta ciudad está en un cerro (como el Cerro Nutibara, pero peor) a orillas de un recodo del Tajo. Lo que es un excelente punto de vigilancia se convierte para el turista despistado -o sea nosotros- en un requerimiento de estado físico: lo que aparenta ser “sólo una caminata de 100 metros” se convierte mágicamente en el equivalente a subir cinco o siete pisos a pie. Así que cuidado con eso, quienes tengan problemas de movilidad o un estado físico peor que el nuestro.
Comenzamos con el Museo de Santa Cruz, que nos sorprendió con su exposición acerca del Greco, quien fue uno de los vecinos ilustres de la ciudad. No había pensado en detenerme aquí pero físicamente necesitábamos tomar un poquito de resuello antes de llegar a la Plaza del Zocodover, la principal de la ciudad, a la que accedimos cruzando por la puerta monumental del Arco de la Sangre.
Pasamos por delante del Obrador de Confitería Santo Tomé, en un costado de la plaza. De aquí, y de la herencia musulmana en España, provienen los mazapanes y las pastas de mazapán con ajonjolí, que compramos para probar. Y después de este interludio azucarado, empezamos a caminar.
Toledo es una ciudad medieval (muy medieval), hecha para caminarse e ir encontrando cosas (con la idea de una ruta en la cabeza, para tampoco perder los tesoros que hay en ella). No obstante, la amplitud claustrofóbica de las calles me hizo sorprenderme más de una vez; ya que, en las condiciones de higiene y salubridad de hace siglos y con esas calles estrechas -casi hacinadas-, es un milagro que no hubiera habido más contagios de peste de cualquier tipo.
Nuestra primera parada del día sería la icónica Catedral Primada de Toledo. Le dicen Primada, porque es la “primera” de España. Tiene adentro más de 800 siglos de historia y de arte que la hacen un monumento vivo, y es Patrimonio Histórico de la Humanidad.
Si bien es posible entrar a misa sin pagar nada -porque esencialmente es derecho de todos los católicos entrar a cualquier iglesia a misa- sí recomiendo pagar las boletas de la visita cultural para entrar a la Catedral. No sólo entra uno más tranquilo porque sabe a lo que va, sino que estas además contienen el acceso a la Sala Capitular, la Pinacoteca y la Sacristia. Todos estos sitios contienen la colección de arte de la Catedral, que es bastante impresionante y nos gustó mucho.
De la Catedral, salimos a visitar el Entierro del Señor de Orgaz (al que National Geographic le decidió un artículo), donde reclamamos las Manillas de Toledo Monumental. Comprar esta manilla fue un ahorro y una comodidad, ya que nos sirvió para entrar al resto de los lugares monumentales que visitamos sin preocuparnos por pagar entradas.
De la Iglesia de Santo Tomé pasamos a la de los Jesuitas, tras una caminata que .agradecí- fuera relativamente plana. Allá, hubo la posibilidad de subir a la cúpula, la cual rechazamos, para seguir viendo las maravillas de Toledo.
Nuestra siguiente parada fue la Mezquita del Cristo de la Luz. Y, si el nombre se les hace raro, es porque el edificio ha sido ambas a lo largo de los siglos: mezquita e iglesia, respectivamente. Es la mezquita mejor preservada de la ciudad, y todavía cuenta con fuentes y jardines que dan a las Murallas de la ciudad, que fueron una pequeña parada en nuestro recorrido.
Conforme caminábamos, veíamos las esquinas de las calles señaladas con estrellas de David: habíamos llegado a la famosa Judería, que era como se conocía a los vecindarios de los judíos en la España medieval y señal de que nuestra próxima parada estaba cerca: las Sinagogas. La idea era entrar a Santa María la Blanca, así como a la Sinagoga del Tránsito.
Desgraciadamente, ya la segunda había cerrado por el día (llegamos diez minutos después de la hora de cierre), por lo que sólo entramos a la primera, que es la sinagoga más antigua de la ciudad, remontando al Siglo XIII.
Con esto, hicimos una pausa para descansar mientras definíamos si íbamos al Monasterio de San Juan de los Reyes. Al final nos decidimos -quedaba cerca. Y cuando llegamos, ¡Oh, sorpresa! Que lugar tan espectacular. Todos los colores y la luz del gótico estallaron delante de nosotros. Y ni hablar del claustro, de la sala capitular y de la iglesia del Monasterio. Una visita más que recomendada estando en la ciudad.
Ya casi era la hora de volver. Comenzamos a caminar, siguiendo las murallas de la ciudad por la Avenida Recadero (en honor al rey visigodo) hasta la estación. No podíamos más de la caminata tan fuerte del día. Llegamos a Madrid, comimos en nuestro bar de tapas, y nos fuimos a dormir al Terrario.