Una gran lectura de este año. En el marco de la conmemoración de los 40 años del holocausto del Palacio de Justicia, se publica este libro de Ricardo Silva Romero en el que el autor plasma este hecho amargo en la historia nacional de manera acertada, como si fuera un mural. Y es que la cantidad de ángulos, de protagonistas y de historias entrelazadas que hay en él hacen apenas posible esta aproximación poliédrica y polifacética que, con mucho esfuerzo y acertada nota, alcanza Silva Romero.
El mural particular en que se inspira es “El triunfo de la muerte”, una de las obras más conocidas del pintor flamenco Pieter Brueghel el Viejo. La obra, uno de mis espantos de la infancia por estar lleno de esqueletos, muestra a la muerte enseñoreándose de todo y de todos: ataca barcos, toma tierras, la vuelve infecunda y, por supuesto, mata; mata, y mata apoyada por un ejército de muertos. Como si el cuadro mismo fuera un abrebocas a lo que serían los años más oscuros de nuestra vida como país.
Silva nos lleva de la mano por este mural. Nos presenta a cada personaje; al que dedica por lo menos unas líneas. Nos muestra los entretelones de lo que fue una operación mal concebida, peor planeada, y de pésima ejecución para la guerrilla. Nos presenta la contradicción ontológica de cómo fue que una guerrilla de talante popular atacó a magistrados que, en muchos casos, provenían de familiar humildes y habían estudiado y ascendido porque habían accedido a becas, habían entrado a universidades públicas o habían recibido el consejo o el patronazgo de su familia, del sacerdote del pueblo, o de cooperación internacional gracias a distintos tipos de apoyo.
Silva nos pone, en resumidas cuentas, al frente de la cara humana de la tragedia que fue el Palacio de Justicia. Los empleados, los magistrados auxiliares, las secretarias, los magistrados, los abogados, los visitantes, los estudiantes de Derecho, las empleadas de aseo; incluso sus padrinos: empleados de la rama judicial, tenían permiso de parquear su carro en el sótano del Palacio, cosa que hicieron ese día por la mañana. Lo pudieron rescatar -milagrosamente intacto- después de la retoma.
Asimismo, vemos el lado del Ejército y de Presidencia. Las decisiones, las peleas por el poder, los discursos, las agendas de todos, las exclusiones en el Consejo de Ministros, las decisiones de los militares, las jerarquías y charreteras y, al final, los detalles de la operación de retoma del Palacio, la cual finalizó con el gran incendio cuya imagen tenemos todos en la cabeza y con los famosos interrogatorios en la Casa del Florero y en las caballerizas del Cantón Norte en Usaquén. Todo esto, mientras se transmitía un partido de fútbol (Millonarios – Unión Magdalena) que estaba previsto para la fecha, y que se jugó por indicaciones del Gobierno Nacional, para seguir la vida con la mayor normalidad posible.
El libro formula varias invitaciones a recordar. A abrazar la verdad que hay; y a que es necesario sanar un hecho sobre el cual el país -tanto el país político como el país nacional- no se han podido poner de acuerdo tras haber pasado 40 años de su ocurrencia. Y también a que recordemos que la humanidad y la compasión han sido las luces que nos han guiado en medio de nuestros peores años.