Esta es una que me debía. Estudié en Bélgica, un país con un pasado colonial complejo que ha derivado en la reevaluación de algunas de sus figuras públicas recientemente y en un debate público con respecto a su historia reciente.
Con mucha expectativa, me sumergí en esta novela que sentí desde el comienzo muy victoriana y con elementos muy góticos: el descenso al subconsciente, la oscuridad, el uso de un narrador y, por supuesto, una narración hecha desde el yo.
Sin embargo, debo confesar que me decepcionó un poco su duración. Con 129 páginas, a priori la sentí muy corta. No obstante, ha sido una obra que me ha dejado pensando en estos días, por el uso tan pesado de la simbología y por las realidades que describe.
En primer lugar, tenemos al Congo. Lo describen como salvaje, exótico, opulento. En suma, como la aventura que todo europeo desearía emprender. La tierra -y la mujer- que todo europeo quiere conquistar. De ahí que la amante de uno de los protagonistas sea congoleña. En contraposición, tenemos a la fría y blanca Europa, representada en Bruselas, una ciudad descrita por Marlow, nuestro protagonista, como “un cementerio”**. Es decir, una ciudad que representa lo complejo de la civilización: la santidad (representada en la prometida de ese personaje) y la corrupción colonizadora de la compañía comercial.
Luego, tenemos a los hombres. El protagonista, el europeo ingenuo que simplemente va a “llevar civilización” al mundo, y que termina sumergido en un viaje a la oscuridad de su alma, cuestionando todo y a todos. El antagonista, que representa la brutalidad, la corrupción y la codicia desmedidas que se cernieron sobre el Congo en su colonización, y cuya frase “¡El horror! ¡El horror!” no fue para mí sólo un estertor final: fue un momento de revelación divina, donde muy seguramente conoció de primera mano el mal que había causado. Y está el espíritu libre, un ruso, que simplemente va por ahí como un agente del caos; pero que puede haber sido la persona con mayor humanidad que haya encontrado el protagonista a lo largo de su periplo.
Valga decir que este libro no es un recuento de los horrores acaecidos en el Congo. Así que, si está buscando una lista de los horrores, puede dirigirse al “Fantasma del Rey Leopoldo”, tanto libro como documental, que dan buena cuenta de la historia reciente del país africano. Lo que aquí hay es un buen retrato en claroscuro del alma humana cuando es puesta frente a la posibilidad de acceder al poder absoluto, que corrompe absolutamente.
**Además, nada que ver con la hermosa y cosmopolita Bruselas.