10 de Octubre, Hotel Entrecercas, Santiago de Compostela
Hoy fue uno de los días más increíbles de este viaje: estuvimos adentro de la Catedral de Santiago de Compostela. Y encima. Y por fuera. Y nos maravillamos.
Es decir, ya veníamos maravillados desde ayer. La sensación simplemente continuó.
Habíamos llegado al final de la tarde, tras dejar nuestras cosas en el hotel, fuimos a ver la Catedral con la última luz del día.
En plena hora azul, el brillo de la fachada de la Catedral y la alegría de los últimos peregrinos del día, que iban llegando a la ciudad conjuraron un hechizo que me hizo enamorar de Santiago. Esta ciudad es preciosa. Para mí, una de las grandes revelaciones de este viaje. Francamente, yo estaba esperando ver a una ciudad como Buga o Popayán, nuestras ciudades santas colombianas. Pero me encontré una cosa completamente distinta.
Una ciudad compacta y monumental. Llena de vida, de alegría y de esa energía que cargan los peregrinos. Una energía tan contagiosa, que a pesar de que el clima fuera incuso más fresco que en Bilbao, no me quería entrar esa primera noche.
Entramos a la Catedral. Que belleza. Que grandeza y que esplendor; y al mismo tiempo qué atmósfera de alegría y amor a Dios tan grande la que sentí. Fue algo fuera de este mundo; más allá de las descripciones: hay que vivirlo y conocerlo.
Subimos a los techos de la Catedral. Allá nos explicaron que la Catedral había tomado el lugar de la fortaleza local desde hacía mil años. Por eso es que los techos “tenían piso” y podíamos pasear por ellos tomándonos fotos, hasta que terminó el tour (que pueden comprar aquí) y bajamos a explorar Santiago.
Como decía más arriba, la ciudad es compacta en sí misma. Fue muy fácil explorarla en un solo día gracias a que es, asimismo, peatonal en su centro histórico. Cerca a la propia Catedral hay varios puntos de interés como la Praza da Quintana con sus escaleras, la Praza do Obradoiro, la de Praterías; y caminando algunos metros más, llegamos al Convento de San Pelayo Antealtares.
Este es un convento de clausura; aunque actualmente las hermanas ofrecen servicio de alojamiento a los peregrinos que visitan la ciudad y -por una pequeña ventana- venden dulces. Si bien no pudimos comprar su famoso Pastel de Santiago, sí pudimos comprar una caja de pastas (galletas como las de la Calle 9) y otros dulces de almendras, que nos sentamos a comer en las escaleras de la Praza da Quintana, al lado de la Catedral.
Entramos al Museo Catedralicio, y al hermoso Monasterio de San Martín Pinario, que fue la sorpresa de la tarde. Yo no estaba muy convencida; pero a final de cuentas ganó la curiosidad. Y vaya si fuimos recompensados. El claustro es bonito; pero lo que se roba la atención es la iglesia del monasterio, con su espectacular coro en madera tallada y su cúpula, muy decorada.
Terminamos nuestro día subiendo hasta el Parque de la Alameda, desde donde tuvimos una bonita vista de Santiago.