16 de octubre. Apartamentos Veragua, Sevilla
Los del Río están equivocados. Sevilla no tiene un color especial; Sevilla tiene un calor especial, que es una cosa muy distinta. De verdad que aquí, a orillas del Guadalquivir, el calor pega infinitamente más duro que en cualquier otro sitio de Colombia donde haya estado. A estas alturas, me siento como en Barranca sin haber llegado allá.
Pero recapitulemos, que estas palabras son simplemente mi queja, recalentada, en la sombra de una plazoleta al lado del Puente de Triana mientras empezaba el tour por el barrio. ¿Cómo llegamos hasta aquí?+
Comenzamos nuestro día en el apartamento, desayunando con calma. De ahí, nos fuimos a “ver monumentos”. Y nada que ver con la Semana Santa; porque se trabaja de los monumentos de la ciudad. Ayer había sido un abrebocas; hoy sería lo verdaderamente grande.
Comenzamos tomando un Uber -ya decidimos que no somos una familia de tomar mucho transporte público- rumbo a la Catedral de Sevilla. Aquí, también tendríamos “visita cultural” con subida a La Giralda, la torre de la Catedral. De nuevo, n puedo dejar de hacer suficiente énfasis: por favor, compren las entradas a los monumentos y lugares de interés por sitios web oficiales. Por favor eviten una estafa, que puede suceder en sitios muy visitados como España.
Confieso que, a pesar de ser asmática y de que mi estado físico no es el mejor, he podido subir con relativa facilidad estas torres. Pero con la Giralda, que no son escaleras sino plataformas, sí me dio muy duro. Casi no llego; y necesite del ánimo -y de una que otra gozada- del Hermano para llegar.
Recorrimos la Catedral -uno de los lugares donde está enterrado Cristóbal Colón-, la cual también está llena de arte; y cuyo retablo principal es un espectáculo. Saliendo, hubo antojos de Amorino, que me recordó mi verano belga.
Caminamos, sin rumbo, gozándonos el famoso Barrio de Santa Cruz, por un rato. Pero seguía el Alcázar, para el que habíamos comprado unas boletas especiales, las del Cuarto Alto.
Una historia: cuando nos acercábamos, había una fila larga. Preguntamos qué eran, y nos dijeron que era la fila para comprar las boletas del Alcázar ese mismo día. De nuevo: por favor, compren sus entradas con tiempo. Así se ahorran esa fila y no saber si alcanzan a conocer un sitio o no.
Entramos al Alcázar, y fue como si hubiéramos llegado a Dorne. Para quienes no conozcan, este es el reino más al sur de los Siete Reinos que componen Westeros en los libros de Canción de Hielo y Fuego (Game of Thrones en TV) y las escenas correspondientes a Dorne y al palacio de Dorne, en particular, fueron filmadas aquí, en el Alcázar. Así que, al menos en mi caso (nerd de GoT y de la Historia) hubo revuelo por partida doble.
El Alcazar es espectacular. No en vano, es Patrimonio de la Humanidad. Sus patios, sus fuentes y jardines, y sus habitaciones exhiben una forma culmen de arte e ingeniería mudéjar propio de la España mora, que después fue aprovechado en la Reconquista. Como añadido, yo había reservado la subida al Cuarto Alto, de la que está prohibido tomar fotos, teniendo que dejar el celular y las cámaras en una taquilla para tal efecto en el segundo piso del Alcázar.
Los había reservado ingenuamente, pensando que sería simplemente una parte del Alcázar que necesitaba de mayor cuidados o que estaría más frágil, arqueológicamente hablando (de ahí no poder meter cámaras o celulares); por lo que, deduje, no se nos permitía entrar con absolutamente nada, el grupo era pequeño y estaríamos acompañados de guardas de seguridad. Pues nada que ver: resulta que este Alcazar es el palacio real en uso más antiguo de todos; y básicamente, nos habían autorizado para meternos en la zona de trabajo que usan los reyes cuando se encuentran en la ciudad. Por eso es que uno debe adjuntar su pasaporte cuando reserva, y que debe reservar con al menos mes y medio de antelación. Nos le metimos al rey al rancho (con permiso y escoltados).
Hicimos una pausa; pero el calor arreciaba. Y, lo que era más grave, no tenía señas de querer suavizarse. ¡Que otoño ni que otoño! Esto todavía era verano, a mi saber y entender. Recalentada, me senté en esa plazoleta después de haber ido con Herma a buscar unas botellas de agua fría, mientras comenzaba el tour…
Finalmente, llegó nuestra guía y pudimos comenzar con el tour de Triana. El barrio de la cerámica, de los gitanos, y de los marineros de Sevilla. Esta ciudad tiene una historia bien particular; ya que hace 500 años era como una Nueva York o Singapur. Aquí llegaba todo el oro de América-las Indias- y de su puerto salían los barcos rumbo al Nuevo Mundo. El tour nos llevó por la Fábrica de Cerámica de Triana, la Capilla de los Marineros, y la Real Parroquia de Santa Ana.
Nos explicaron que los Trianeros de verdad, verdad se definen como “de to’a la vida” y que a muchos de ellos les da pereza ir a la Sevilla del otro lado del Río. También nos contaron cómo, en tiempos de Franco, con el pretexto de la salud pública, se hizo la última depuración de los famosos “corrales” gitanos, o casas parecidas a la “vecindad del Chavo”, en lo que en realidad fue una formalización de especulación inmobiliaria en Triana que buscaba alejar a las clases trabajadoras del centro de la ciudad.
Terminamos nuestro día en una terraza a orillas del Guadalquivir, ya más refrescados y con una caña y una tapa en la mano, mirando a la ciudad que abraza a su río.