Hoy fue otro día de calma. Como nuestro avión salía a Madrid, también desayunamos con toda la calma de rigor antes de salir al aeropuerto.
Cuando llegamos, mientras estábamos en fila para aforar nuestras maletas, se nos acercó una familia y nos pregunto si éramos colombianos. Nosotros respondimos afirmativamente, y a continuación dijimos que nos quedábamos en la ciudad, y no hacíamos escala. Al parecer, habían pensado en la posibilidad de que fuéramos a estar pendientes de uno de los pasajeros que hacía la fila con nosotros, y el hecho de que no hiciéramos escala nos había más o menos salvado de la preguntita de marras.
Efectivamente, subimos a nuestro avión -otro Air Nostrum- sentados muy al final, justo al lado de la azafata. Y al lado, se nos sentó don Señor. Digámosle Don Señor. Parecía ser la primera vez que montaba en avión, y no hizo mucho caso a las advertencias de seguridad y a los varios -muchos letreros- que indicaban claramente NO HABLAR POR CELULAR, porque no bien el avión tocó tierra en Madrid, Don Señor sacó su celular para avisar que “estábamos aterrizando”. Justo en el momento más critico del aterrizaje, cuando no se deben ocupar las redes. Ay Dios.
Todos nos giramos a la azafata con cara de reclamo, y lo único que pudo responder ella fue “pues…ya lo hizo”. “¡Pero va contra las reglas, nos puso en riesgo! ¡Por lo menos dígale, por favor” le respondimos
Nos bajamos, alejándonos lo más posible de Don Señor y de sus enredos, y más bien cogimos camino al hotel. Nos registramos, y nos fuimos a la ciudad. Como hoy más o menos teníamos la tarde libre, nos dedicamos a andar por ahí, a comerciar un poco y para rematar el día nos fuimos a tapear.