Esto es un apartado interesante. Porque sí; me declaro fan de los accesorios de lectura, pero no de todos ellos.
Soy consciente de que el mercado cada vez quiere que compremos más y más. Y de que, al ver la lectura como una “industria” en lugar de verla como un pasatiempo o una oportunidad de pasar tiempo con uno mismo, pues le hacen añadidos que motivan a la compra. Algo así como los comerciales de mi infancia, donde especificaban que los accesorios de la Barbie -o de la muñeca que quisieran poner de moda esa Navidad- “se vendían por separado”.
Hablo de la tendencia de convertir un hobby sencillo y que podría costar lo que cuesta un tiquete de metro si queremos alquilar los libros en la Piloto (link), por ejemplo, en una plaza de mercado. Que si suscripciones, que si velas, que si accesorios, que si la funda, que si marcadores; y así empieza un etcétera que comienza a hacerse largo y acerca del cual vale la pena hacerse preguntas.
¿Por qué queremos comprar el artículo? ¿Qué es lo que va a aportar a mi experiencia de lectura?¿Cómo podría utilizarlo en mi experiencia personal?¿De verdad lo voy a utilizar, o va a quedar guardado, juntando polvo? Son preguntas que me suelo hacer antes comprar alguno de estos objetos.
No me malinterpreten: a mí me encantan los accesorios de lectura. Me encanta que mi experiencia de lectura sea bonita y agradable. A nadie le gusta leer sobre púas ni le gusta leer bajo la lluvia o en el frío. Pero mi objetivo con este escrito es poner mis dos centavos llamando la atención acerca del exceso de consumo asociado a una actividad que, ante todo, ha sido siempre una actividad reflexiva y que promueve el tiempo de calidad con uno mismo.