Es una novela (Rey Naranjo Editores) muy, muy corta; pero que lo deja a uno como atropellado. Porque a ritmo de champeta y electrónica, en un pueblo o ciudad sin nombre de la costa Caribe de Colombia, vamos leyendo unas confesiones de un ritmo de vida atroz. Consumo de drogas, sexo, muerte, fiesta sin parar. Placer por placer.
Como un subyacente, la novela muestra la amistad, en una época difícil de la vida. Y, de ñapa, el deseo de aprovechar todas y cada una de las oportunidades que hay disponibles en una de las zonas más desiguales del país. Incluso si es yendo a fiestas con turistas.
Por eso es por lo que, aunque uno quiera juzgarlas a simple vista, no puede: los personajes son más complejos que eso. La realidad es más compleja que eso. Por eso es que llega la pluma de Jarol Ferreira, autor de este libro, a narrar sus vidas de una forma tan cercana, que uno como lector no puede terminar no queriéndolos. Tal vez no como querría a grandes personajes de la literatura -esa mezcla de admiración y cercanía– sino con otra forma de cercanía; como querría uno a ese amigo que ya no ve tanto y que solía ver más en sus años más fiesteros, pero que siempre nos decía, a la madrugada, que su sueño era salir adelante.
Contado de una manera muy coloquial, el libro fue construido (según su autor) a partir de entrevistas y correos electrónicos a partir de los cuales Ferreira esbozó a los personajes finales. Un ejercicio que le tomó varios años, pero que rinde fruto en una escritura que permite sentir el acento del Caribe a través de la tinta. En una novela corta pero que -por su ritmo- se lee con mucha agilidad.