– Cómo cambian los tiempos – Comentó monseñor al secretario –. Ya nadie da gracias a Dios.
– Eso – dijo el secretario – quiere decir que algo infernal va a pasar en esta casa.
Casa de furia, página 124
Casi no puedo soltar este libro. Que obra tan increíble esta, del magnífico Evelio Rosero.
Este libro es una mini-Colombia de papel y tinta en todo su clasismo, toda su desidia y todo su esplendor. En el espacio de casi un día Rosero describe a dosis perfectas la coexistencia de luz y oscuridad que hace posible esta sociedad.
Lo que comienza como un día de celebración para la familia de un prestante magistrado, termina mal. Muy mal. Desde imprevistos como la visita no deseada de un pariente pobre -que, sobra decirse, no estaba invitado a la celebración nocturna- hasta revelaciones acerca de la familia que dejarían a cualquiera al borde de una embolia. Y que a uno, como lector, lo dejan al borde de su asiento e incapaz de soltar el libro hasta llegar a un final que no puede estar más lejos de lo pensado cuando uno lee las primeras líneas. Prepárense para subir a la montaña rusa de la psique colombiana al tomar este libro en las manos. Sólo recuerden mantener las manos dentro del vehículo.
Rosero hace una descripción soberbia de los personajes: desde el arribismo y el clasismo de clase media de nombrar a las hijas como las ciudades en donde habían sido concebidas -como si fueran souvenirs de viaje particularmente vistosos-, la hipocresía y las amistades con la iglesia de las que hacen gala los padres, hasta los devaneos y las relaciones erráticas de las cinco hijas del matrimonio; de las que la más aterrizada resulta ser la menor. La distinta. La que no es un souvenir.
Rosero, además, tiene el tino de ambientar su novela en los años setenta. Esta época fue un punto de quiebre para la sociedad colombiana. Estaba en furor la llamada “Ventanilla Siniestra” del Banco de la República, y la sociedad comenzaba a conocer los frutos de las primeras bonanzas oscuras (if you catch my drift), con su consiguiente intento de penetrar a la sociedad. También llegaba la liberación femenina en serio a nuestra sociedad, y comenzaban unas alianzas extrañas que hoy no asombrarían por más de tres días. Hubo momentos -por el ritmo y el contenido- en que se me hizo difícil recordar que esta novela estaba ambientada en los todavía inocentes años setenta, donde lo más peligroso para un padre de familia del altiplano podía ser un hippie, un comunista o un divorciado.
Es una tragicomedia muy ingeniosamente contada. Hay una miríada de personajes que componen el mosaico que ha sido la vida política y privada de la familia Caicedo Santacruz.Desde personajes no muy santos hasta otros que transpiran incienso; todos están reunidos en la gran fiesta de la que se trata el libro, y que será el catalizador de esta historia.
Otro apunte interesante son los animales. A Rosero se le nota que los ama. LEs da nombre, los dota con sus propias historias, les permite expandirse como personajes y tener su poquito de protagonismo -así sea en un patio- porque también hacen parte de la familia.
En suma, este libro nos abre una ventana de esta inmensa casa para ver en primera fila cómo es la pérdida de la inocencia en una sociedad. Cómo se entrecruzan vidas, se deshacen vidas, se alimentan ardides en todos los estamentos sociales y se pelea por lo que parece ser más preciado: por un pedazo de poder y de prestigio en un mundo que parece ignorar que está cambiando a pasos agigantados.
Les dejo esta excelente entrevista con el autor