Pasé por uno de mis momentos típicos de miedo. Asociado, por supuesto, a lo que más me gusta del mundo complementario a los libros: los separadores de libros, de los que ya he hablado exhaustivamente en este blog.
La cosa es que me fui a hacer unas diligencias a un centro comercial de la ciudad, y llegó la hora del almuerzo. Me senté a comer y a leer en un lugar; con tan mala suerte que, al momento de levantarme para continuar mis diligencias, no asegure bien el libro que estaba leyendo, por lo que el separador se salió de entre las hojas y terminó en el piso del centro comercial.
Cuando llegué a mi siguiente diligencia y fui a abrir el libro para continuar la lectura, el separador no estaba por ningún lado. Oh, terror. No sólo había perdido la página en la que iba -tema más bien baladí, pues apenas estaba comenzando- ¡sino que había perdido el separador!
Yo no lo iba a dejar perder. A riesgo de que se me demorara la vuelta, me devolví paso entre paso por el centro comercial -escaleras eléctricas incluidas- hasta que, en un piso intermedio, lo encontré.
Inmediatamente lo rescaté, guardé bien el libro y me dirigí a mi próxima diligencia, ya tras haber paliado el terror que sentí momentáneamente.
🙂 Ja, ja, ja. Uno adora sus separadores aunque no los use todos.