Hay una idea hermosa que trascienda a la Humanidad como colectivo, y es que todos los seres humanos estamos interconectados y formamos parte de un todo como especie que somos. Este libro es uno de los que busca ahondar en la idea, si bien lo hace a su propia manera.
A través de una serie de detalles, el autor se acerca a este concepto, uniendo a personajes distantes en el tiempo y el espacio. Desde el siglo XVIII en el Pacífico Occidental, hasta la Corea de un remoto futuro corpocrático, el autor va uniendo los puntos siguiendo la estela de un cometa encontrado en los cuerpos de los protagonistas de cada relato, como si fueran escenas en un mismo Tapiz de Bayona.
Cada historia está estructurada en capítulos. Y estos van uniéndose y construyendo los momentos en los que las historias de unos y otros se tocan en esta eternidad. Y es uno como lector quien va uniendo los puntos en esta historia en capas que se lee como una cebolla y no como espejo, donde empezamos por historia A, luego descubrimos que esa historia es un elemento en B, luego B resulta ser algo que un personaje encuentra en C, y esa historia a su vez es leída por un personaje de la historia D, luego esa historia resulta ser una película en la historia E, que a su vez resulta ser un relato fundacional en la historia central que es F. Y luego, siguiendo las capas de regreso, las historias empiezan a mirarse unas en otras: volvemos a E, luego a D, luego C, luego B y terminamos donde empezamos, en A.
Es una historia que selecciona a sus lectores, como me dijo alguna vez mi profesor de crónica. Es exigente a la entrada para poder darlo todo después. Así que mi terquedad pagó; pues este libro ya me había echado un par de veces antes de comenzar a leerlo este año, la vencida.
Quienes disfrutamos de la lectura de este libro tenemos el privilegio de confirmar que la literatura no es sólo hija de esa chispa que llamamos inspiración. También es el resultado del planteamiento inteligente de una idea que es ejecutada de forma consistente, usando las palabras como si fueran herramientas en la construcción de ungran monumento.
Casi como si fueran aguja e hilo, Mitchell va cosiendo las historias, planteando un relato que se toma su tiempo en darse a conocer. Que se siente caleidoscopio y profundo; y, precisamente por eso, al mismo tiempo muy humano.